#Narrativa | El árbol, por Nicolás Igolnikov

Por Nicolás Igolnikov

Este árbol implacable. Estas flores que pueblan su copa frondosa. La sombra dibuja una circunferencia negra que cae sobre mí, rodea el cantero y toca la entrada de la casa. Esta casa de mi infancia, de mi adolescencia. Esta casa vieja y grande. Este cartel que cuelga sobre el garaje. Sus letras despintadas, sus bordes carcomidos por el óxido. Las horas que mi padre pasaba ahí dentro. El sonido remoto de su amoladora.
A la izquierda, entre la reja y la casa, el pasto crecido del jardín. Él lo cortaba. Con mamá lo mirábamos desde el living, a través del ventanal, cuando pasaba con la bordeadora. Firme y amplio, los brazos estirados, repasando el largo jardín, y el silencio del living apenas interrumpido por la madera de la mecedora.Ella siempre estaba ahí, tejiendo y mirando a través el ventanal ahora recubierto de polvo. A veces cantaba. Yo jugaba a sus pies. Cuando me aburría, recorría con la vista el jardín, la reja, la calle, el árbol, las casas. Buscaba aquello que ella miraba. Una vez le pregunté qué era. Ella, con la mirada en el mismo lugar, rio brevemente. “Nada. Espero” me dijo. No entendí. Le pregunté qué esperaba. “Que el árbol se vaya” me dijo, pero yo apenas había cumplido diez años, y no entendí lo que había querido decir. 

Este árbol implacable. Sus raíces que rompen las baldosas desde abajo. El municipio intentó removerlo muchas veces. Llegaban dos hombres, se paraban al lado del árbol, donde estoy ahora, y revisaban el tronco enorme, la corteza, las raíces. Uno era alto y morrudo. El otro, un poco más bajo y rechoncho. Mamá y yo los veíamos desde el living. Al poco tiempo, la amoladora de papá se apagaba y él salía del garaje. A veces llegaban cuando él, con la bordeadora, emprolijaba el pasto. Entonces el silencio se hacía carne y él, lento y constante, atravesaba el jardín hasta pararse detrás de la reja. Los brazos cruzados, de espaldas a nosotros, frente a los dos hombres. Yo corría la cabeza tratando de ver qué pasaba, pero su cuerpo amplio e inmóvil tapaba incluso al más alto. Mamá dejaba de mecerse y miraba también. Pasaban unos minutos en los que el tiempo parecía no moverse, hasta que que los dos se iban lentamente en dirección a la esquina. Entonces papá, en vez de volver al garaje o seguir con el pasto, venía hacia nosotros. El hombre alto, en ese momento, sin que él lo viera, se asomaba a la reja, miraba hacia dentro y saludaba. Desaparecía cuando Papá descorría el ventanal. “Dejá eso y andá con Juan” me decía, y yo lo miraba. Él me devolvía la mirada y entonces asentía y me iba corriendo. Atravesaba el jardín, abría la puerta de la reja y, mientras cruzaba la calle, miraba a los costados, buscando a los hombres, pero ya habían desaparecido. Una vez en la casa de Juan, llamaba a su puerta. Juan era el hijo del vecino de enfrente. Al verme desde una de las ventanas, me saludaba, corría a buscar la pelota y yo volvía a la vereda de mi casa, a esperar que saliera. No sé qué habrá sido de él. Por momentos, mientras miraba la pelota girar hasta él a través de la calle, la imagen de papá volvía. Se me aparecía su semblante relajado, su sonrisa casi imperceptible, el marrón con el que sus ojos me atravesaban cuando me decía que me fuera. Siento el tronco del árbol en mi espalda. Ahora también se me aparece. La luz atraviesa la copa formando un entramado de luz en la sombra redonda. Una vez, después de patearle lejos la pelota a Juan, me apoyé en el árbol y los vi. Papá, de pie, gesticulaba exageradamente. Movía los brazos arriba y abajo, su boca se abría y se cerraba. Mamá, quieta en la mecedora, con las manos entre las piernas, miraba hacia arriba. No hacia él, no hacia afuera. Era un problema que vinieran los del municipio. Jamás me dijeron por qué. Mientras los miraba, en un momento, mamá bajó la vista y me encontró. Papá seguía hablando y moviendo las manos. Ella, sin decir una palabra, sostenía sus ojos pardos en los míos. “Que el árbol se vaya” creí escuchar. Me inundó el silencio. “Me verás volver” creí sentir su canto en mis oídos, espeso, sibilante. Volvió a mí cada tarde con ella mirando por el ventanal. El sonido seco y frío de las agujas de crochet golpeándose entre sí. Me acerqué hasta la reja. Me tomé de dos barrotes y acerqué más la cara. Sentí como si ella se me presentara sincera y completamente. Como si nuestros dolores y pensamientos se conectaran. Sentí este mismo frío en la frente. Ella permanecía inmóvil, con las manos entre las piernas. “Que el árbol se vaya” la escuchaba. “Espero” decía. Las tardes. El árbol. El hombre alto saludando. Todo frente a mí, tan claro como la luz. De fondo, extremadamente lejano, mi nombre. Juan gritaba. Papá escuchó y giró la cabeza. Creo que me miró. Y corrió de un golpe la cortina. 

Este árbol implacable. Esta familia desconectada. Durante los dos meses siguientes los hombres no volvieron. Al principio del tercero, mamá dejó la casa. Fue la madrugada de un domingo. Yo desperté con los gritos. Escuché, envuelto entre mis sábanas, las quejas inusitadamente altas, los insultos vociferados, los pájaros que cantaban tímidos el amanecer que comenzaba. Ellos dormían hasta tarde los domingos. Esa vez, no. Esperé. Hubo un portazo violento y, luego de un tiempo, otro más. Salí de la cama. Estaba solo. Era raro. Mamá siempre estaba en casa, pero hasta ese momento no lo había notado. La luz abría el living, el cuarto de mis padres, los cajones dados vuelta. La amoladora, de fondo, insistente. Papá trabajaba. Vi unas valijas tiradas, el placard casi vacío. No sé cuánto tiempo estuve mirando a mi alrededor, ni si hice algo más que quedarme ahí hasta que papá me encontró de pie, mirando la mecedora. “Andá con Juan” me dijo, sin moverse. Lo miré, él me devolvió la mirada. Asentí y me fui corriendo. Nos pateamos la pelota en silencio. Me parecía que cada vez que la pelota viajaba volvía a escuchar algún grito. Juan la recibía y devolvía casi con solemnidad, como si me entendiera, casi como si escuchara. Yo miraba, de vez en cuando, hacia adentro, y veía a papá yendo y viniendo por la casa. En un momento Juan pateó la pelota hacia el garaje y yo corrí a buscarla. En el camino volví a mirar hacia adentro: papá movía la mecedora. En ese momento no vi una raíz que sobresalía entre las baldosas. Una raíz como esta sobre la que ahora apoyo mi pie cansado. Me di la sien contra el cantero. La cabeza me latía, Juan gritaba, yo no lograba levantarme. La pelota, contra la reja, frente al garaje, se cubría por la luz oxidada del mediodía. Yo pensaba en mamá mirando hacia afuera. En su movimiento monótono, en su mirada extraviada. En su canto. En eso pensaba. Cuando papá se acercó le dijo a Juan “Tranquilo, andá a tu casa”, me levantó de un brazo, me llevó adentro y me puso hielo. “Cuidate” me dijo. Lloraba. “Tranquilo” me susurró, con la voz apagada, vuelta hacia adentro.

Este árbol implacable. Esta luz que la primavera casi parece rezongar. Esta luz que sobra en la calle donde ahora algunos edificios reemplazan las casas. Esta calle donde estacionó el auto a los pocos días. Cuando llegaba del colegio y papá, con los brazos caídos, llevaba a la asistente social adentro de la casa. Atravesé la reja y fui directo al garaje. Pasé entre las herramientas, la amoladora, el aserrín, los restos de madera y de chapa. El calor era sofocante. Entré a la casa por la puerta del costado y esperé temblando en mi cuarto. Escuché, lejano, a papá decir que debía buscarme en la escuela. Saludó a la mujer y dijo que estábamos bien, que no había de qué preocuparse. Cuando cerró la puerta, me acerqué. Mi cabeza se apoyó en su muslo. Él revisó que no tuviera el chichón. Levanté la vista. Los hombres de la municipalidad hacían mediciones del árbol. Se agachó y me preguntó si lo acompañaba a sacarlos. Sus ojos vacíos, profundos, me miraron. Le dije que sí, que lo acompañaba, y así lo hice. Salimos, caminamos hasta la reja, nos cruzamos de brazos. Papá y el alto se miraron. “El árbol se queda” dijo papá. El rechoncho bajó la vista hacia mí. “Se queda” dije yo. Ambos hombres, sorprendidos, me miraron. Después de ese día, no nos volvieron a molestar.

 


28337047_874365772745498_3140006571238011117_oNicolás Igolnikov nació el cinco de enero de 1997. En 2010 resulta finalista en los Torneos Bonaerenses en la categoría “Cuento”. 
Realizó taller literario con Marta Loiácono, Yanina Audisio y con María Malusardi. Actualmente asiste al taller de narrativa de Mariano Ducros y al de Diego Muzzio. Como gestor cultural produjo el Ciclo “Incógnito” de Danza/Teatro y Literatura (Espacio Cultural Dinamo, 2017, Club Cultural Matienzo, 2018) y el Ciclo “Metáfora” de Cine y Literatura (Club Cultural Matienzo, fines de 2017-fines de 2018). Actualmente produce el Seamos Libros, ciclo de poesía de homenaje, en el Centro Cultural 316.
 Publicó un poemario llamado “El Nombre que Falta –y algo de pólvora” en 2016, una nouvelle llamada “La Mentira” (ambos libros por Ex Nihilo – Baja Literatura) en 2017. Actualmente está realizando una investigación exhaustiva sobre “Poesía Buenos Aires”. Nicolás tiene dos gatos que más que eso son pequeñas ballenas y los quiere mucho.


Foto Portada: Erico Marcelino

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