#Narrativa | Locas pasiones (Capítulo I), de Diego Recoba,

Capítulo1

Techitos verdes

Buscaba infructuosamente una caja de Gitanes en Montevideo. Me dijeron que en la feria podía encontrar. No hallé cigarrillos pero lo encontré a él. Vendía juegos de Family Game en la feria. Me lo encontré en el apogeo de su carrera, cuando Battletoads se había vuelto un furor, y era el más famoso vendedor de los Techitos Verdes. Recuerdo que al verlo pensé que era un jugador de la mosqueta, no se veía detrás de la gente, y solo se defendía de los pedidos de los clientes fanatizados por el Contra o el Mega Man. Cuando lo vi, entre esos cartuchos coloridos, dándole a la gente lo que necesitaba, supe que iría a la cama con él, y ese día esperé a que terminara su jornada. Me hacía la disimulada mirando unos toallones con tigres en el puesto de al lado, y cuando vendió todo me acerqué, me habló y me largó sin previa, “vamos a un telo”. Hicimos el amor dos veces, me trató como a una reina, nos duchamos juntos, nos robamos una toalla, y al otro día cuando me regaló un casete trucho de Erasure supe que era el hombre de mi vida.

Caí en Uruguay contratada por unos coleccionistas privados de la ciudad de Malmédy, quienes habían tenido noticias de la posibilidad de que Montevideo fuera el lugar donde estaría un manuscrito desconocido de Ponsón du Terrail. Básicamente la cuestión era así, por 1857 el escritor francés recibió una carta de un adolescente español, le pedía una novela para publicar en entregas, en una revista literaria que sacaban él y otros compañeros de estudio. Ponsón, motivado con la idea de entrar en el mercado español, la escribió en dos días sin dormir; pero a causa de que ninguno de los diarios de París donde publicaba le pagaba bien, le pidió a un amigo escritor, Eugene Sue, que estaba por ir a España, que se la llevara al pibe, un canario de nombre Benito Pérez Galdós. La suerte no acompañó la diligencia, ya que el viejo Sue estiró la pata en la ciudad española de Huesca y su equipaje quedó perdido en un hotelucho de cuarta. Recién en la década del ochenta del siglo siguiente, Ruben Sosa, quien además de ser un endiablado puntero ambidiestro del fútbol uruguayo era un experto en la obra de Pérez Galdós, aprovechando su venta al fútbol europeo, más precisamente al Zaragoza, decide trasladarse a Huesca para encontrar la valija perdida de Sue, donde estaría el manuscrito de Ponsón du Terrail dedicado al escritor español (ese dato lo había extraído de un minucioso análisis de la correspondencia de Pérez Galdós que pudo realizar con tranquilidad luego de su recordada lesión de meniscos en 1985). Ahí la historia se bifurca, hay versiones que dicen que Sosa encontró esa valija con todo su contenido original y la llevó a su mansión en la ciudad de Montevideo; otros estudiosos afirman que en Huesca lo trataron de loco y lo mandaron a la puta que lo parió. Lo cierto es que estos coleccionistas belgas, sin muchos más datos, me habían contratado para trasladarme a Montevideo y conseguir a toda costa ese manuscrito. Pero ni bien llegué, el vendedor de videogames se me interpuso en el camino y me flechó.

Luego de la escena de la feria, el hotel y el casete de Erasure, nos fuimos de vacaciones a Toledo Chico unos días a una casita que era de su abuela. Ahí me contó su historia, su infancia en Canelones junto a su madre y su abuela, su debut en el baby fútbol, sus primeros pasos en Juventud de Las Piedras, la pubalgia rebelde que lo sacó de las canchas justo cuando estaba por debutar en primera.

—¿Y cómo empezaste en este negocio?

—Mirá, muñeca, yo juego hace años a esto. Cuando era pibe tenía unas maquinitas que tenían un solo juego, y que funcionaban con una pila de esas que parecían una aspirina. Tenía uno de fútbol en el que volaban pelotas y yo tenía que evitar que cayeran al piso, y otro de un auto que iba por la carretera y esquivaba cosas que se le atravesaban en el camino. Pero a pesar de mi locura por esos jueguitos, por esos años mi verdadera pasión era el fútbol, pero me lesioné. Ahí arranqué de técnico en un cuadro de baby fútbol hasta que un pibe inventó que yo lo manoseaba; me echaron y me vine a Montevideo. Entonces me di cuenta de que tenía que explotar mi conocimiento en la alta tecnología del videojuego. Justo era la época de las computadoras y empecé a vender TK 95, TK 90, a veces la Spectrum, y también los primeros casetes de juegos. Hasta lo que yo considero la primera revolución tecnológica, que fue sin dudas el CCE y la Atari. Ahí arranqué en el negocio de esas consolas que eran lo más moderno que hubo. A CCE le hicieron la cama, la gente de Nintendo, para ser más claros. Hasta entrados los noventa la gente seguía usando la CCE, te lo digo por experiencia, era lo más avanzado, más vanguardista que Nintendo y Sega, y como no podían competir limpiamente tuvieron que hacerlo de un modo sucio. Otro día te lo cuento porque es una historia complicada y que solo yo sé porque me la contaron de buena fuente.

Ese día, mientras yo hacía las ensaladas (rusa y de chauchas) y él hacía un asado con chinchulines en la parrilla, me propuso matrimonio de rodillas y me regaló un anillo que le había comprado al nigeriano de la feria. Tenía una piedra violeta y atrás, grabada, la palabra Love. Fue el día más feliz de mi vida. Él me dijo que nunca se había sentido así. Un mes antes de casarnos nos fuimos a vivir juntos a un chalecito en Playa Penino. El día de la mudanza le regalé una pulsera de las que tienen dos bolitas de cobre, las que dicen que son para el reuma, en una bola hice tallar mi nombre, en la otra el suyo, Humberto. 

Pero Humberto de un día para el otro se entró a poner extraño. Actuaba raro, como con miedo y persecuta. Considerando que era un seductor de raza, y que un empresario del videojuego como él podía ser un objetivo para cualquier mujer, llegué de inmediato a la conclusión de que me estaba engañando. Esos días peleábamos seguido cada vez que lo culpaba de infidelidad y él lo negaba. Un día no apareció en casa, ni al día siguiente, al mes de ausencia me resigné a lo peor, lloré desconsolada y tiré el anillo a la jaula de los monos del Parque Lecocq. Me entregué al alcohol, me tomaba cuatro litros de licor de huevo por día, así fue que un día me encerraron en un hospital psiquiátrico luego de encontrarme desmayada en la playita del gas. Dicen los médicos que al incorporarme repetía una y otra vez su nombre. Humberto, Humberto.

 


 

Diego Recoba estará visitando Berlín, aquí el enlace del Taller que brindará y el de la presentación de la novela 


Portada:  Phil Desforges

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