[CUENTO] Fiebre, por Enrique Decarli

Fiebre

Cada cual ve el mundo a su manera,
pero todas las pesadillas se parecen.
Edwin Mullhouse.

Levanto las llaves térmicas y los tubos parpadean por sectores. La pizzería se va iluminando. Lo primero que veo es mi imagen. Estoy parado sobre una silla. El brazo derecho levantado. Cierro la tapa metálica de la caja de luz. Ahora saco la lengua y ahora la guardo. Tengo cara de dormido. No llego a ver este detalle en el espejo, pero lo imagino. Siento los ojos achinados. Los pómulos tirantes y la boca pastosa. Me acomodo en la silla y descanso la cabeza contra la pared. Al zumbido que producen los tubos de luz se une otro zumbido: el motor de las heladeras. Entonces me doy cuenta. Hay abrigos y carteras colgados en las sillas. Portafolios en el suelo apoyados contra las mesas. Varias mesas servidas. Tickets pinchados. Hay carpetas, billetes y monedas que parecen propinas. Bandejas preparadas sobre la barra.
Me levanto y recorro el salón. Por alguna razón, los dueños de estas cosas, los mozos ―y evidentemente todos― se fueron de urgencia. Tanta, que nadie se acordó de mí. Pienso en un principio de incendio o en un temblor. A simple vista no hay indicios de algo así. Las cortinas cerradas, más bien, sugieren un robo. Un robo a mano armada y toma de rehenes. Las luces estaban apagadas y los ladrones que toman rehenes (una vez lo vi en televisión), prefieren trabajar a oscuras y con las cortinas cerradas. En este momento los rehenes estarán declarando y los ladrones presos. O los rehenes seguirán rehenes, repartidos en los autos que escapan perseguidos por mil patrulleros que no se deciden a disparar.
Abro las cortinas. La madrugada debe ser fresca. La vi por la ventana del depósito cuando desperté y también entonces me pareció fresca. El depósito, igual, es frío, y además hoy amanecí mojado. Llego a la puerta de entrada y confirmo lo que imaginé. Está sin llave.

Hay un folleto color rosa debajo del servilletero. La imagen, de tan negra y difusa, es grotesca. Una mujer en ropa interior, parada bajo el marco de una puerta. Arriba dice: Desde Holanda para vos. La dirección es a dos cuadras. Miro el reloj sobre la bodega. Una escapada ida y vuelta demorará media hora. Cuarenta minutos, como mucho, que la pizzería, hoy, servirá el desayuno más tarde. Pero antes, otra cosa. Yo vine hasta esta mesa a buscar una servilleta. En la barra encuentro una birome. Me siento. Hago memoria o invento. Empiezo a escribir el final del sueño: “Qué faltas de ortografía, dijo…”.

Mesa por mesa recojo las propinas. Reviso los maletines, las carpetas y las carteras. Si hay dinero, lo guardo. Hace mucho que no pago una mujer y no sé cuánto estarán cobrando. Si bien es bastante el dinero que junto, por las dudas agarro lo que hay en la caja, y unos ahorros que tengo escondidos, hechos un rollito en un par de medias.
Pego la cara a la ventana del depósito. En la playa de estacionamiento vacía, entre tanta oscuridad se destaca una oscuridad más densa en forma de grúa. Una serie de flashes penetra hasta donde estoy y se desplaza sobre las paredes ―blancos, rojos y azules―. No entiendo el impulso de agacharme y contener la respiración. Suena un golpe corto de sirena. Los flashes giran, largos, por la playa de estacionamiento, descubriendo manchas de aceite y la silueta de un colectivo de auxilio. El ruido de un motor acelera y se aleja. Inexplicablemente me alivio. Aunque nadie me haya visto agarrar el dinero, soy la única persona que quedó. En algún momento alguien lo recordará, y no quiero perder el trabajo ni la vivienda. Decido devolverlo, pero no puedo recordar cuánto corresponde a cada billetera, a cada cartera, a cada maletín y a la caja registradora. Sé que lo mío es mío porque es un rollito atado. Además es probable que mis ahorros no alcancen para pagar la mujer. Y en el fondo, a decir verdad, los únicos que me dan un poco de pena son los mozos. Son buena gente. Buenos compañeros. Me da lástima quitarles las propinas. Me da lástima pensar (y esto lo pienso por primera vez), en no volver a verlos.
Armo el bolso en el depósito y salgo a la calle. Dejo la puerta tal cual la encontré. Sin llaves. Tiro las llaves a una alcantarilla. La madrugada es fresca y brumosa. Debería volver ―son sólo unos pasos― y elegir un abrigo de los que quedaron en las sillas. Pero ya es tarde. No sé muy bien qué significa esto. Tarde. Pero lo pienso.

Ahora que dejó de ser una imagen difusa estampada en un papel, y si bien espera parada como en el folleto, bajo el marco de una puerta abierta, no me resulta para nada grotesca. Tendrá mi edad. Mira (o simula que mira) indiferente hacia otro lado. La pierna derecha sobresale de entre la bata. Antes de que termine de acercarme dice algo que no entiendo. Habré puesto cara de no entender porque, creo, lo repite:
―Cogemos y te vas ―dice―. ¿Okey?
La bata se abre a un corpiño turquesa calado, abultado bajo un montón de bucles rubios.
―Sos hermosa ―le digo. Y me doy cuenta de que la bombacha y el corpiño no hacen juego, y que la bata es de toalla. Está descalza, y pienso que tendrá los pies sucios, y helados.
El pasillo que señala a su espalda se ve largo y poco iluminado. Un conventillo de baldosas rojas y paredes altas sin revocar. Ventanitas de madera pintadas de verde. Voy adelante y no la escucho caminar. Cada tanto me doy vuelta, y me llama la atención. Las puertas, separadas apenas por unos centímetros de pared, más que las puertas de casas diferentes parecen casillas de tubos de gas. Entonces le pregunto el nombre.
―Mariel ―dice. Pero las putas nunca dicen el nombre verdadero y nunca te besan en la boca.
El pasillo es angosto, y a medida que nos internamos se angosta más. Lo noto porque recuerdo: al principio, debajo de cada ventana se extendía un tendedero de ropa individual. Ahora las ventanas enfrentadas comparten un mismo tendedero. Igual, los faroles. Más atrás estaban adheridos, alternadamente, a izquierda y derecha. Ahora aparecen justo sobre el medio del pasillo, adheridos, no por un fierro, sino por dos, uno a cada pared. Le pregunto a Mariel si falta mucho.
―Falta ―dice.
―Por qué no lo hacemos acá ―digo medio en broma.
―Está un poco fresco… ―Ella no parece hablar en broma―. Pero bueno ―dice.
Deja caer la bata. Dobla los brazos detrás de la espalda para desabrocharse el corpiño. Me empiezo a sacar la ropa y la acomodo sobre el bolso. Mariel, desnuda, se pone contra un pedacito de pared entre dos puertas. Separa las piernas. Levanta los brazos y apoya las manos en los ladrillos.
―Dale… ―dice mirándome de costado.
No se da cuenta o se hace.
―No sé qué pasa ―digo―. No pasa nada.
―¡Estoy harta! ―grita―. Harta, ¿entendés? ―Los gritos retumban y tengo miedo de que alguien se asome. Mariel se pone la bata y empieza a caminar rápido hacia el fondo con la ropa interior en la mano. Deduzco que el pasillo irá girando, porque a medida que se aleja, sólo veo la mitad de ella. Termino de vestirme y corro hasta alcanzarla.
―Qué querés ―dice.
―Supongo que será el frío ―digo―. Disculpame.
―Okey… En casa vas a estar mejor.

Los últimos metros antes de llegar a la casa de Mariel (al menos ella habla de unos últimos metros), caminamos de costado y con el bolso es difícil. El pasillo dejó de ser un pasillo. Se convirtió en una cámara de aire oscura, entre dos paredes altísimas, sin puertas ni ventanas. Al fin se abre a una rotonda iluminada. Hay casas. Hay árboles en las veredas circulares. Hay faroles y jardines. Bancos de plaza. Garages. Balcones de flores colgantes. Hay terrazas y antenas.
―Dónde estamos ―digo.
―En Holanda ―dice Mariel. Y ríe.
Cruzando la rotonda el pasillo sigue. Mariel ahora va adelante. Otra vez caminamos cientos de metros de costado. El pasillo, poco a poco, se va ensanchando. Vuelven a aparecer las puertas y las ventanitas. Los tendederos y los faroles compartidos. Los tendederos y los faroles individuales. Y no sé. No entiendo cómo Mariel puede reconocer la puerta en la que se frena: es idéntica a las miles que pasamos después de cruzar la rotonda. La puerta abre para afuera, obstruyendo totalmente el pasillo. De adentro del departamento sale un aire tibio. Por el espacio que queda entre la puerta abierta y la pared, dice que la espere:
―Un minuto.
Le pregunto si con semejante viaje el trabajo le rinde. Grita que muy pocos clientes son de la avenida.
―La mayoría son del pasillo ―dice―. O de Holanda. ―Y que sólo hace dos clientes por día―. Uno a la tarde y otro a la noche.
Pienso que de ser eso cierto, hice bien entonces en traer tanta plata. La tarifa de Mariel debe ser cara. La puerta se cierra. Del otro lado está Mariel: una bolsa de dormir en las manos.
—Vamos a coger acá —dice—. A mi casa no entra nadie.
Se saca la bata. Estira la bolsa de dormir en el piso y se mete adentro. Dejo el bolso y me desvisto. Cuelgo la ropa en el picaporte. Enseguida generamos calor, abrazándonos, besándonos, yo encima de ella o ella encima mío. Aun así, no puedo. No puedo y se lo digo.
―Para qué viniste ―dice.
―No sé.
―Cogiendo se conoce gente, ¿no?
―Es verdad ―le digo―. Nunca lo había pensado así.
—Pero no te gusto.
―No es eso. Será todo. ―El frío. El cansancio por la caminata. La incomodidad que me produce que en cualquier momento se abra una puerta y nosotros así. Haber encontrado la pizzería en esas condiciones―. Todo eso ―digo―, será.
Se apoya de costado sobre un codo. Me acaricia la cara y la frente.
—Tenés fiebre —dice.
―Puede ser.
Es probable porque a la noche volví a soñar. Una pesadilla se repite, desde los once o doce años, los días de mucha fiebre. Lo que recuerdo al despertar es mínimo. Fui anotando un párrafo cada vez que volvió. Entre fiebre y fiebre pueden pasar años, y la historia queda ahí, por años, como la última vez.
—Bueno ―dice Mariel―. Te voy cobrando. ―Y fija el precio.
Le doy el dinero. Cuenta los billetes. Los guarda, hechos un rollito, adentro del corpiño que acaba de ponerse.

Pienso si detrás de alguna de todas las puertas que cruzamos podrá estar la habitación del sueño. Una habitación poco iluminada, de cortinas negras y paredes rojas que intensifican la sensación de fiebre.
Yo soy lo único que cambia a través de los años. Aparezco a la edad que tengo cuando sueño. La ropa, por eso, hace ya muchos años me queda chica. Esto también intensifica la sensación de fiebre.
Entra mamá. La figura corresponde a las primeras imágenes que conservo de ella. En el sueño de anoche los dos tuvimos la misma edad. Incluso yo pude haber sido mayor.
—De repente en esta casa las ventanas no se abrieron más.
Abre las cortinas pero no entra claridad. Afuera llueve.
—Todavía está su olor —digo.
—Porque no viste el cuerpo. Porque no le besaste la frente. Yo sí se la besé. Yo no me cagué en los pantalones.
―Los muertos me impresionan.
—Nada aprendiste de la muerte de tu padre.
Le digo que no. Siempre (estuviera papá vivo, o muerto, en la realidad) le digo que no. Ella repite, con entonación docente, lo que decía la abuela:
—El que no ve a los muertos “bien muertos”, los sigue buscando y viendo por ahí. Sobre todo en los días de lluvia. En los días de lluvia pensamos que se mojan.
Insisto:
—Yo lo vi.
—¡Nico se murió!
Agarra una urna y quiere abrírmela en la cara. La empujo y voy hacia la ventana.
—Vos necesitás ayuda —dice—. ¡Ur-gente!, necesitás ayuda. Por qué no llamás a la negra de Bonafide. Esa te entregaba. Si me acuerdo. Imagino ese cosito en semejante baúl.
Entonces me pregunta por qué no retomo el colegio. No quiero y se lo digo. Me recuerda lo que para mí es una novedad. Que el día anterior le pregunté si veteado va con ve corta o con be larga. Le digo que tampoco sé escribir madera balsa.
—¿Y?
—Cómo y… Andá al colegio y aprendé. Burro.
Ahora me interroga, otra vez la entonación docente.
—A ver a ver —dice—. Cómo se escribe asesino. Cómo se escribe escena. Cómo se escribe Ezeiza.
Pienso. Ss. Sc. Zz.
—¿Muñeco de trapo? ¿Caja llena de recuerdos? ¿Hijo de puta? ¿Casa vacía?
Esconde la cara entre las manos y se pone a llorar. Pregunta cómo se escribe mamá.
―Con acento en la a.
Se repone y ve unos libros sobre la mesa.
—Esto no estaba acá. Y esto de acá se va. Ladrón.
—Son de Nico —digo.
—Eran de Nico, eh. Eran… Cayó el teloncito para Nico.
Se ríe a carcajadas contra la pared. Se pone seria.
—Dónde lo viste.
—Cruzar por ahí ―digo. Y señalo la puerta―. Tenía un avioncito de madera hecho por papá. Los pies embarrados. Olor a aserradero. A cajones de vino. Esos vinos que vienen en cajas de tres botellas. La chomba roja del frigorífico. La espalda llena de cenizas.
La mirada de mamá es ambigua. Por un momento parece que me cree y me alegro. Después no. Después no entiendo esa mirada.
—Habrá venido a buscar las chinelas —digo.
Mamá empieza a criticarlo. Que jamás fue un buen hijo. Jamás fue un nieto que visitara a los abuelos.
―No se le movió un pelo el día que se murieron. Quizá por el abuelo Álvaro, porque lo hizo entrar en el frigorífico. Y hasta por ahí nomás, mirá. Igual lo burlaba.
Me tiento de risa. Mamá tiene razón. Me acuerdo que Nico, al abuelo Álvaro, por el nombre y porque trabajaba en el frigorífico, le decía Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
—Pituco —dice mamá.
Esta parte fue la más difícil de reconstruir. Durante todo lo que viene estoy riéndome, repitiendo Alvar Núñez Cabeza de Vaca. La risa no me deja escuchar con claridad a mamá. Más o menos, creo que dice esto:
—Qué era… Un choricero era. Un choricero y se hacía el pituco. Un pituco preocupado por la herencia. Los abuelos siempre fueron unas ratas. Una tele, un delantal de cocina, la campana de los sándwiches, qué nos repartiríamos. Sabían que él no los quería, y no se animaban a decirle nada. Turro, por ejemplo.
Cuando paro de reír mamá pregunta si Nico habló.
—Probablemente —digo.
—Qué dijo.
Como no contesto, Mariel hace la misma pregunta que mamá:
―Qué dijo ―dice Mariel.
―No me acuerdo ―digo.
Salgo de la bolsa de dormir y descuelgo el pantalón del picaporte. De un bolsillo saco la billetera. De la billetera saco la servilleta. Me siento en el piso. Las baldosas están heladas. Leo:
“Qué faltas de ortografía, dijo.
¿Es un sueño?, Nico, le pregunté.
Me parece que no. Mamá murió. Es mentira que mamá sigue acá. La quemamos en Tristán Suárez y nos dieron las cenizas.
Después dice algo que no entiendo:
Diría, no es, no soy, yoyó, lector de lector, medio mortuoria.
¿Eso dijo…?, pregunta mamá. Por primera vez la veo asustada.
Probablemente, digo.
Qué plan tan perverso, dice. Empieza a sacarse la ropa y yo me hago pis.”
—Hasta ahí llegué. Me desperté meado.
Mariel se sienta y saca, un atado de cigarrillos y un encendedor. Me convida. Aunque no fumo, acepto. Enrolla la bata y la pone a modo de almohada. Se recuesta boca arriba, un brazo bajo la nuca. Fumamos en silencio. Las paredes del pasillo son altísimas. Pero en el fondo se ve la noche. Negra. Y ahora estrellada.

Villa Crespo, Glew, Adrogué.
Abril de 2008 – julio de 2009.

Enrique Decarli

Enrique Decarli
Enrique Decarli

Nació en Buenos Aires, en 1973. Su último libro de relatos, Jauría, recientemente fue seleccionado en el Concurso “Sudaca Border”, de próxima aparición en la editorial Eloísa Cartonera. Su primer libro de cuentos Desde la habitación del sur (2009) fue finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, y lectura recomendada para la Escuela Media en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010 por el Ministerio de Educación y Cultura. Finalista del Concurso Literario “Eugenio Cambaceres” que organiza la Biblioteca Nacional junto al Museo de la Lengua por su colección de cuentos aun inédita Vía Láctea, en la actualidad se desempeña como coordinador de talleres literarios. La editorial Textos Intrusos acaba de publicar Big Bang, su segundo volumen de relatos. Algunos de sus textos fueron publicados en Escrituras Indie, Revista Axxón y La Balandra (otra narrativa); también en Uruguay, en el número inaugural de la revista Literatosis, y en España: El Coloquio de los Perros, Babab.com y Narrativas. Es abogado y músico. Vive en Rafael Calzada.

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