[CUENTO] “Nunca seré policía” por Nicolás Massa

ceremonia

Noche de invierno en el barrio de Los Hornos. Julio y Santiago están sentados en la misma esquina de todos los días. El frío los tiene abrigados hasta la cabeza, casi que no se los pude distinguir. Podrían hacer un fuego, pero los vecinos se quejarían por el humo, así que siguen encorvados y frotándose las manos, compartiendo el último cigarrillo que tiene Santiago.

Julio ve a lo lejos un resplandor azul que se viene intensificando desde la otra cuadra.

-Che, tenés algo vos? Está viniendo la gorra.

-Un poquito de porro, pero casi nada.

-Escondelo mejor.

Santiago mueve una baldosa floja que tiene junto a sus pies y guarda debajo de ella una bolsita negra que sacó del bolsillo.

El patrullero se acerca con marcha lenta y aminora aún más cuando está por pasar por la esquina. Al lado del policía que está manejando, hay otro durmiendo. El que maneja levanta el cuello y mira a los pibes con desconfianza, como si no los conociera. Como si no supiera que no están jodiendo a nadie.

Detiene la camioneta.

-Muchachos, pueden ir volviendo a sus casas- se escucha desde el móvil.

-¿Hay toque de queda? – pregunta Santiago con tono irónico.

-Hemos recibido dos llamados pidiéndonos que vengamos a registrar esta esquina.

-Pero si no estamos haciendo nada, oficial. Vivimos acá nomás, los vecinos nos conocen todos.

-No sé querido, yo te estoy diciendo lo que pasa. Si a mí me llaman yo tengo que venir y registrarlos. Como no quiero hacerlo los dejo ir. Ahora, si quieren que los cachee, no tengo problema, pero les aseguro que algo les encuentro.

-Vamos Santi- le dice Julio a su amigo por lo bajo mientras le tira de la manga para llevárselo.

Caminan en silencio hacia sus casas. Santiago prende lo poco que le queda del cigarrillo. Fuma una seca con rabia.

-Son una mierda eh- comenta largando el humo.

-Ya fue, boludo.

-Ni siquiera los llamaron, el gordo está aburrido porque el otro logi se queda dormido, y nos viene a hinchar las pelotas a nosotros.

-Seguro, pero ¿qué vamos a hacer?

-Nada Julio, pero dejame que me descargue un poco por lo menos.

-Está bien.

Julio se queda callado y mira la mano izquierda de Santiago que está poseída por su famoso tic nervioso. Toca su pulgar con los otros cuatro dedos. Ida y vuelta. Un ejercicio que aprendió de su profesor de batería y que se le volvió adictivo.

-¿Cómo se puede ser policía?

-¿Me preguntás a mí?- preguntó Julio sorprendido

-Y… yo no veo otra persona por acá.

-No sé, Santi. A veces la gente necesita ganarse la vida de alguna manera.

-Sí, puede ser. Pero es medio siniestra la cosa, qué sé yo. Todo el tiempo sospechando de los demás, persiguiendo. La cabeza siempre en estado de vigilancia, paranoica: Una cabeza paranoica y una chapa en el pecho que le da autoridad. No puede salir nada bueno de eso.

– Pasa que a veces las necesidades te llevan a hacer cosas que no querés. No es tan fácil.

-Y estaría bueno que ellos tengan en cuenta eso…-dice Santiago y hunde la mitad de la cara en su campera.

Siguen caminando, les queda poco para llegar. La niebla, que va copando cada vez más los espacios, les envuelve los cuerpos y parece que también los pensamientos. Ninguno habla, avanzan mirando el piso, como si no estuviesen juntos.

Desde avenida 66 se escuchan las explosiones del caño de escape de una moto y parece que ese estruendo activa algo en el cerebro de Santiago.

-Dejé el porro en la esquina- dice y se pega una piña en el muslo.

-¿Y qué querés hacer?

-Voy a buscarlo.

-¿Te parece? Andá mañana, ¿quién lo va a encontrar ahí?

-Prefiero ir ahora. Me dijo Lola que todas las mañanas pasa un viejo buscando las cosas que dejamos en la esquina a la noche.

-Una especie de “busca tucas”

-Algo así. Por eso. Mirá si la encuentra.

-Bueno, te acompaño.

Dan media vuelta y comienzan a rebobinar sus pasos. Julio sigue en su actitud pensativa, Santiago lo mira tratando de penetrar en sus ideas.

-¿Te pasa algo loco? –  pregunta cortando el silencio.

Julio levanta la cabeza, mira a su amigo y tarda en responder.

-Estoy un poco cansando, nada más… Y pienso.

-¿Qué pensás?

-Con respecto a esto de la policía. ¿Qué harías vos si te entran a robar a tu casa, por ejemplo? ¿Los llamás o no?

-Y no sé. Depende la situación.

-¿Cómo?

-Si estoy con mi vieja y mi hermana por ejemplo, y escucho que están entrando, supongo que los llamaría. Pero lo haría más para que se tranquilicen ellas que por otra cosa. Igual no sé, es difícil. Si alguna vez me llega a pasar- se tocó el testículo izquierdo-, te cuento qué hice.

-Claro.

-¿Vos qué harías?

-Los llamaría seguro.

-Mmm ¡Buchón!- le grita Santiago riéndose.

-Y mirá que voy a dejar que entre cualquiera a vaciarme la casa. Con lo que labura mi viejo.

-Bueno, tu viejo no es policía pero pega en el palo. Le falta vestirse de azul y salir a la calle.

-Mi viejo labura en la comisaría, nada más, firma papeles y esas giladas. No digás boludeces.

-No te enojes, te estoy jodiendo.

-No sé hasta qué punto me estás jodiendo.

-Estás hecha una mami al final, ¿qué onda?

-Nada, pero sabés que no me gusta hablar de estas cosas con vos porque pensamos diferente y nunca llegamos a nada.

-Pero si fuiste vos el que se había quedado maquinando.

-Tenés razón, no hablo más.

Llegan a la esquina y Santiago busca lo que había dejado debajo de la baldosa. Se lo guarda en el bolsillo.

-Podríamos agarrar por acá así no hacemos el mismo camino- propone Julio señalando una de las calles que hace cruce en la esquina.

Emprenden otra vez el regreso. Ahora sus casas parecen quedar más lejos. El cansancio condiciona las distancias.

Detrás de ellos viene acercándose el mismo patrullero que los echó de su esquina. No tiene las luces encendidas y la niebla lo oculta casi completamente, así que no se dan cuenta hasta que escuchan el ruido del motor a unos metros.

Cuando se dan vuelta ven el móvil estacionado y a los dos policías que se acercan sacando pecho y panza. Santiago saca su bolsita del bolsillo y la tira disimuladamente hacia atrás.

-¿Qué les dije muchachos?- pregunta uno de policías, el que maneja.

-Estamos volviendo a nuestras casas- le responde Julio.

-Hace rato que tendrían que haber vuelto. ¿Dónde viven? ¿Puedo ver sus documentos?

Julio revisa en su campera.

-Acá tiene- dice extendiendo su carnet.

Santiago no lo busca, ya sabe que no lo trajo.

-Julio Ribonet…- lee el policía en voz alta, mientras el otro anota- ¿Sos algo de Roberto Ribonet?

-El hijo- responde Julio.

-¡Ja!- el policía se ríe de tal forma que no se sabe si eso es bueno o malo.

-¿Lo conoce?

-Pero claro querido- le responde devolviéndole el documento- trabajamos en la misma comisaría que él. Justamente ayer estuvimos hablando de vos, me dijo que andabas con ganas de entrar en la escuela.

Esa última frase cae como un ascensor vacío y helado por el cuerpo de los dos amigos. Julio siente  la mirada de Santiago quemándolo.

-Ehhh… todavía lo estoy pensando en realidad- dice Julio.

-Te puede llegar a servir mucho, yo era igualito que vos y mirame ahora-

Julio lo mira y se imagina adentro de ese uniforme, incluso adentro de esas carnes, igualito a él.

-Lo voy a tener en cuenta…-le dice para seguirle la corriente.

 

La madrugada se hace sentir en las calles de Los Hornos. El frío terminó de vaciar las calles y los ruidos quedaron a cargo del viento y de los perros.

Santiago duerme profundamente, ni siquiera se da cuenta que tiene la cara apoyada en un charco de baba. La computadora reproduce “Hermanos de Sangre” de Viejas Locas. Faltan dos canciones para que el disco termine y la casa quede totalmente en silencio.

A cien metros de ahí, Julio mira el techo desde su cama. Cierra los ojos con fuerza como si estos lucharan por quedar abiertos. Se rinde por última vez. Abre el armario, saca un buzo y se lo pone. Atraviesa el corredor haciendo el menor ruido posible. La televisión del cuarto de sus padres está encendida y se escucha lo que parece un programa de televentas.

Julio abre la puerta principal, sale a la calle y se pierde en la niebla.

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5 Comments

      1. Gracias! Estaré atento. Realmente me gusta mucho como escribe este chico. Saludos!

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