#Narrativa | La puerta cerrada, por Lucas Berruezo

«Las armas las carga el Diablo.»

Refrán popular

I

De chico, a Daniel le daban miedo las puertas cerradas. Bueno, no exactamente. Lo que en realidad le asustaba no eran las puertas, sino lo que quedaba del otro lado. ¿Quién podía asegurarle que, cuando una puerta se cerraba, la realidad que no veía no se desvanecía? ¿Quién podía asegurarle que, al abrir la puerta de nuevo, no se iba a encontrar con una realidad completamente distinta?

Con el correr del tiempo, y a medida que iba creciendo, Daniel fue dejando algunos miedos atrás y adquiriendo otros nuevos. Cosas que suelen pasar en la vida de cualquier persona, y no sólo con los miedos, también con los gustos. De hecho, mientras había sido chico, Daniel no podía probar la mayonesa o cualquier tipo de verdura sin sentir náuseas. Ya en la adolescencia, no concebía la idea de comerse un asado sin acompañarlo con una ensalada de tomate y lechuga o zamparse una buena hamburguesa con una gloriosa combinación de mayonesa y kétchup. Y ahora, adulto, con treinta y cinco años, una barriga un tanto crecida y una calvicie incipiente, seguía sin poder concebirlo. Nada más cierto eso de que con el tiempo las personas cambiaban. Por tal razón, cuando, junto a Bárbara, su esposa, buscó una solución para su problema de intimidad, no recordó para nada aquella fobia de la niñez.

II

La cuestión era la siguiente: Daniel y Bárbara no tenían ningún problema sexual, todo lo contrario. Se entendían bien en la cama. Siempre se habían entendido bien. Y la pasaban de mil maravillas. Era rara la vez en la que no disfrutaban juntos y no acababan al mismo tiempo. Parecían dos relojes bien sincronizados. Pero todo cambió cuando llegaron los chicos: sus hijos, Ezequiel y Maximiliano. Daniel y Bárbara seguían gustándose y deseándose igual que antes (era verdad, estaba la barriguita y la pelada de él, y ella había quedado, después de los embarazos, con algunos kilos de más y con una piel que exhibía, en la panza y en los pechos, una serie de estrías, pero todo eso no era algo que a ellos los desmotivara), sólo que no encontraban el momento. El problema eran las interrupciones. No importaba a qué hora hicieran el amor, siempre uno de sus dos hijos se levantaba y los interrumpía. Si no era uno, era el otro. Con suerte, los escuchaban venir con unos segundos de ventaja, los suficientes como para taparse y evitar ser vistos. Pero cuando la suerte no los acompañaba, se veían sorprendidos en pleno acto, y eso era algo que no les gustaba para nada. Probaron cerrando su puerta, sin resultados. Los nenes siempre se despertaban, iban hasta su habitación y abrían. De hecho, cerrar la puerta había sido una mala idea, ya que les impedía escuchar los pasos de cualquiera de sus hijos y todas las veces que la cerraron fueron sorprendidos in fraganti.

Algo tenían que hacer. Llevaban al menos tres años, si contaban desde el nacimiento de Maxi, o cinco, si lo hacían desde el de Ezequiel, sin poder tener relaciones de forma que realmente valiera la pena: relajados, entregados, olvidados del mundo. La idea se le había ocurrido a Bárbara («¿Si compramos una cerradura y cerramos con llave?», había dicho, una noche en que miraban juntos Friends por la televisión) y a él le había parecido una buena idea. No quedaban rastros de su antiguo miedo, y cuando lo recordara sería demasiado tarde. La muerte ya habría conquistado por completo la habitación de sus hijos.

III

En un comienzo, la idea había sido comprar una cerradura barata, con la llave vertical (de ésas que las aseguradoras exigen no tener para acceder a cubrir las viviendas), y ponerla en la puerta de su habitación. Pero había un problema: la casa en la que vivían era bastante vieja y la puerta de su habitación había sido cambiada, por lo que el orificio del marco no coincidía con la altura en que se encontraba la traba de la cerradura. Para poder poner la cerradura en esa puerta había que perforar el marco, y eso era un trabajo demasiado complejo para la inmediatez que buscaban. Además, Daniel nunca se había llevado bien con los trabajos manuales. Según él, odiaba a las herramientas y ellas, conscientes de ese odio, le devolvían el sentimiento.

Lo más fácil era poner la cerradura en la habitación de los nenes. Así, cuando ellos quisieran disfrutar de uno de sus «momentitos de amor», como solían llamarlos, no tenían más que ir hasta la habitación de Ezequiel y Maxi, cerrar la puerta intentando no hacer ningún ruido, pasar la llave y, finalmente, entregarse a un instante de éxtasis matrimonial.

Sólo tuvieron que hacerlo un par de veces para sentir que su intimidad volvía a tomar vuelo. Hasta el detalle más mínimo, como el de poder desnudarse por completo, fue recibido como una conquista monumental: como si ambos fueran guerreros que lograran recuperar su ciudad natal, perdida tiempo atrás en manos de un ejército extranjero.

Y no sólo ganaron en tranquilidad, también en entusiasmo. Envalentonados por los logros adquiridos, quisieron dar algunos pasos más y empezaron a probar cosas nuevas. Daniel compró una lamparita roja para poner en uno de los veladores de las mesitas de luz; Bárbara se animó primero con un disfraz y después con un «juguetito» de tamaño considerable que había comprado por medio de una amiga en un sex shop (ella todavía no se animaba a ir por su cuenta); y juntos experimentaron posiciones y recursos que, hasta ese momento, sólo habían visto en películas. Después, una vez que la amorosa contienda finalizaba, iban hasta la habitación de sus hijos, giraban nuevamente la llave (que siempre dejaban puesta en la cerradura), abrían la puerta ya sin preocuparse en hacer mucho o poco ruido y, con la llave en mano, volvían a su habitación a dormir a pierna tendida.

Un buen plan, que funcionaba.

Hasta que no funcionó. O, mejor dicho, funcionó demasiado bien.

IV

Tuvieron su «momentito de amor» después de un día demasiado largo. Daniel había trabajado hasta tarde y Bárbara, después de su propia jornada laboral, había tenido que aguantar otra jornada con sus hijos, especialmente insoportable (a Maxi le dolía la panza y Eze, siempre tan solidario para todo lo que desquiciara a su madre, se había unido a los llantos de su hermano sin ninguna razón en particular salvo la simple empatía). Por eso, cuando los chicos se durmieron (bastante temprano, a Dios gracias), ni Daniel ni Bárbara tuvieron que decirse nada. Los dos se miraron y se entendieron lo suficiente como para apagar las luces de toda la casa e ir a buscar la llave de la cerradura al cajón de la ropa interior de Daniel, más específicamente dentro de un par de medias amarillo, que nunca usaba. 

Así, cual ninja en plena misión, Daniel se acercó a la habitación de sus hijos y cerró la puerta dando dos vueltas de llave. Después volvió a su cama, donde Bárbara ya lo esperaba, todavía vestida, pero deseosa de cambiar eso a la brevedad.

V

Terminaron, entonces, su «momentito de amor» y Bárbara dijo, todavía entre jadeos: «¿Vas vos, gordo?». A lo que Daniel respondió: «Sí, gorda, voy yo». El problema es que, para entonces, Daniel ya había cerrado los ojos y había contestado de forma casi automática. Segundos después, los dos dormían profundamente.

VI

Fue el sonido de un golpe lo que despertó a Daniel. Todavía en esa frontera en la que el sueño y la vigilia se superponen, miró la pantalla de su teléfono celular. Eran las cinco y media de la mañana. En sólo una hora sonaría la alarma del despertador y tendrían que prepararse para ir a trabajar y sus hijos para ir al jar… Otro golpe. La habitación de los chicos…

Tardó en caer en la realidad. No entendía qué era ese ruido que sonaba a tambor… En su casa no había ningún tambor…

Otro golpe.

La puerta de la habitación de los chicos.

Se llevó una mano a la entrepierna y, como si el contacto con su pene lo devolviera a la noche anterior, se acordó de que no había vuelto para abrir la puerta de la pieza de sus hijos. «Gorda, ¿la puerta de los chicos la abriste vos?», preguntó sin abrir los ojos.  «No, gordo, te dije que la abrieras vos». «Ahí voy».

Otro golpe, apenas perceptible esta vez.

Daniel se sentó prácticamente de un salto. A lo mejor alguno de sus hijos quería ir al baño y se encontró con la puerta cerrada…

Con la mayor velocidad de la que era capaz en esas circunstancias, se puso el slip y el pantalón pijama (en realidad era una simple bermuda deportiva que usaba como pantalón pijama) y salió en dirección a la habitación de sus hijos. Una vez allí, estiró la mano derecha y se quedó duro al tocar la superficie de la cerradura. La llave no estaba.

Agarró el picaporte y trató de abrir la puerta.

Imposible, estaba cerrada.

Se agachó y trató de ver por el orificio de la cerradura. 

Nada. Adentro todo estaba oscuro. Ni siquiera se veía la luz celeste de la lámpara de «Los Pitufos».

Y ese olor…

¿Qué era ese olor a…? ¿Humo?

Volvió corriendo a su habitación y vio a su mujer acostada boca abajo, dormida y desnuda. «¡Gorda!», le gritó desde los pies de la cama, «¿vos agarraste la llave?» «¡¿Qué?!», preguntó ella, incorporándose de golpe, alertada por el tono desesperado de su marido. «¿Que si agarraste la llave de la habitación de los nenes?», repitió Daniel, «¡No está!» «¿Cómo que no está?» «¡No, no está!». «Se debe haber caído al piso. Fijate ahí».

Daniel volvió en una nueva carrera. Prendió la luz del pasillo por primera vez en esa mañana y miró. Ahí no había ninguna llave. Lo que sí podía verse eran unas lenguas de humo que salían por debajo de la puerta y por la cerradura.

Desesperado, empezó a golpear.

«¡Chicos, chicos! ¿Están bien?».

Como única respuesta se escuchó una risa desde el otro lado de la puerta. Una risa demasiado grave como para ser de alguno de sus hijos.

Bárbara apareció en el hueco de la puerta de su habitación, con la bata blanca que Daniel le había regalado, junto con todo un kit de baño, para uno de sus aniversarios. «¿Qué pasa, gordo?», preguntó, «¿Por qué gritás?».

Daniel no podía responder, sólo podía oler el humo y ver cómo el pasillo empezaba a adquirir una tonalidad oscura. Con redobladas fuerzas, usando ahora su hombro en vez de sus puños, siguió golpeando la puerta. Cuando el hombro le dolió demasiado, cambió de lado, y cuando el otro hombro tampoco pudo más comenzó a usar las piernas. Parecía mentira que una cerradura tan barata y a la vista tan enclenque pudiera aguantar tanto.

La risa se escuchó una vez más. 

«¿Qué mierda?», se preguntó Daniel y volvió a descargar una nueva patada.

Bárbara miraba la escena sin entender, hasta que por fin vio la oscuridad salir por debajo de la puerta y teñir el aire del pasillo. Entonces sí entendió y fue ella la que corrió hasta la puerta de la habitación de sus hijos y empezó a gritar. «¡Chicos, abran la ventana! ¡Abran la ventana y acérquense a ella! ¡¡¡Respiren por la ventana!!!».

Y Daniel pudo, por fin, hacer saltar la cerradura.

VII

No hubo nada que se pudiera hacer. Para cuando Daniel abrió la puerta, la habitación era una cueva negra repleta de humo. Maxi nunca se enteró de nada, y murió dormido en su cama. Ezequiel, por su parte, se despertó con un acceso de tos y llegó a arrastrarse hasta la puerta, que encontró cerrada y golpeó en tres o cuatro ocasiones, sin resultados. Murió ahí, con la cabeza apoyada en la superficie de madera, la misma superficie que lo aplastó minutos más tarde contra la pared, al desplazarse después de una patada de su padre. Dos líneas rectas se extendían desde sus ojos hasta su mentón, marcando sendos surcos en sus mejillas manchadas de hollín. Los especialistas les dijeron a Daniel y a Bárbara que eran lágrimas producidas por el humo; ellos creyeron que eran consecuencia de haber sentido que sus padres lo habían dejado morir.

El informe dijo que el siniestro se había originado con un cortocircuito en el enchufe en que estaba conectada la lámpara celeste de «Los Pitufos». Eso había producido una llamarada que había alcanzado la repisa donde estaban los juegos de mesa y generado, al consumir algunas cajas de cartón, una nube espesa de humo que había saturado la habitación. El fuego se había extinguido por sus propios medios, pero el humo, al no encontrar una vía de escape, había persistido. Tanto Ezequiel como Maximiliano habían muerto por él.

Ante la policía, Daniel juró y perjuró que había dejado la llave puesta. Nunca pudo explicar cómo esa misma llave había aparecido en el cajón de su mesita de luz. Cuando mencionó la risa grave, los oficiales que le tomaron declaración se miraron entre sí.

VIII

Daniel y Bárbara ya no viven juntos, están separados. Ella se fue con sus padres, mientras que él se mudó a un monoambiente, en espera de que un juez decida su futuro. Ante los cargos de homicidio culposo agravado por el vínculo, sus posibilidades de ir a la cárcel son altas, y la condena, por muy favorable que le sea, no bajaría de los veinticinco años. Por su parte, no es algo que le quite el sueño. Lo que sí lo hace es aquella risa grave, que todavía sigue escuchando por las noches. Quien sea que haya reído aquella madrugada, lo había hecho mientras sus hijos morían de una manera horrible, uno de ellos llorando su abandono. Quien sea que haya reído, había sacado la llave de la puerta y la había escondido en su mesita de luz. Estaba seguro de eso. Ahora les creía a esas personas que, después de matar a alguien por accidente, afirmaban que ellas no habían cargado las armas de las que habían salido las balas asesinas; que las armas, antes, habían estado descargadas. Sí, ahora les creía. ¿Cómo no iba a creerles? De la misma manera que a las armas las cargaba el Diablo, a veces las puertas eran cerradas por él.

 


14440992_1071252079597424_4208531791339825640_nLUCAS BERRUEZO (Buenos Aires, 1982) es Licenciado en Letras (UBA), docente y escritor. Prologó las antologías de cuentos fantásticos y de horror Mundos en tinieblas (Galmort, 2008 y 2009) y participó, junto a escritores como Alberto Laiseca, Luis Mey y Liliana Bodoc, en Haikus Bilardo (Muerde Muertos, 2014) de Fernando Figueras y José María Marcos. Sus cuentos y artículos circulan por la web en distintas revistas, como Insomnia, miNatura y Axxón. Gestiona El lugar de lo fantástico, espacio dedicado a la literatura y el cine de terror. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela Los hombres malos usan sombrero (que fue incluida como bibliografía obligatoria en el seminario de grado sobre Escritura Creativa que Elsa Drucaroff dictó en 2015 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) y su cuento “Esperando a Matías” formó parte de Mala sangre, la primera antología de terror de la colección PelosDePunta.

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